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miércoles, 25 de diciembre de 2019

SÁBADO DE GLORIA


     Hoy es un día especial.  He leído desde primera hora, más y mejor que en otros momentos.  He cocinado para tres y dejado la cocina como un monte bajo después de un incendio.  Hoy he roto el lacre de aquel pergamino olvidado hace ya tanto, y hallado las palabras que tiempo atrás condené al destierro.

     He tendido la ropa, con ese olor a pasado, a jabón verde, a corral y pozo, a abuelos.  He podido comprobar que tiene su  importancia un calcetín desparejado, porque nada de lo que tenemos es poco y también mucho más de lo que necesitamos.  Cuelgan de mis cordeles sábanas blancas, como las de entonces, cuando jugaba entre ellas a sombras y deseos, a esconder las verdades de quien se está despertando.

     Hoy he sabido que la piel de mariposa es un regalo envenenado, que somos muchos para tan poco acierto, que hay sitio para todos si dejamos espacio a un lado.  Que el amor y la tierra, la muerte y el cielo son cosas de paso a paso y tragos de olvido, de armonía envuelta en papel de otoño y primaveras en las puntas de los dedos.

     Hoy he vuelto a leer y hablar de Gloria Fuertes, como quien toma un chocolate caliente y se reserva unas gotas en los labios.  Aparece de vez en cuando con un guiño de los suyos y me deja así, como ahora,
                                                             pensando, pensando...



#PeBoRe19 




miércoles, 11 de septiembre de 2019

EN OCASIONES

Estaba lloviendo a cántaros sobre el vientre de aquella tierra nueva.  Pertinaz, la lluvia horadaba el firme y desgajaba las piedras que, como gajos de naranja, se desprendían para dejar paso a un pozo de ausencia.  Sin piedad, un cielo "anunciador" de nuevas plagas y tormentas alentaba a Caronte a remar con coraje y, aquella barca, sobre el río que había hilado la lluvia, llegó a la orilla por donde -indefensa- se escapaba la vida.

Fue entonces cuando me di cuenta, de que en ocasiones cuento cosas que no sucederían nunca.  Si no fuera porque en la inconsciencia de ese valle amargo en el que flota tu perseverancia y mi desdicha, la rosa temprana que a veces te hace despertar, se diluye entre líneas de fango que, entremezcladas con los apuntes de aquella historia que no pudimos vivir, forman parte de la idiosincrasia de ese pueblo entretejido a golpes de martillo y soledad.

Habitamos y desfallecemos en nosotros.
Como las amapolas,
como el zángano ante su reina.

Y yo, me convierto en estatua de sal para que el agua me arrastre hacia el centro de la existencia.


#PeBoReSep19
(Colaboración Revista Hebra-Septbre.19)

jueves, 15 de agosto de 2019

El hombre que leía

De aspecto sencillo e impecable.  Sentado frente a mí.  El pelo blanco y un poco largo, casi le roza los hombros.  No me mira; tiene las piernas cruzadas y sobre sus rodillas, un libro de pastas negras, sin título, que parece no pesar nada.  Lee tranquilamente, con una media sonrisa.  Está aislado de todo.

Sigo leyendo y de vez en cuando observo a los demás.  Todos vamos cómodos, no hay nadie de pie; cada uno en su mundo.

Las  pantallas brillan con el sol y a veces casi no se puede leer.  Guardo mi móvil, y una chica de pelo largo hace otro tanto, después, sigue mirando por la ventanilla, indiferente.

Cierra el libro y me sorprende con su mirada azul.  Me sonríe y sin más, le digo:  disculpe señor, ¿le importa que le tome una foto mientras lee?  No se preocupe, no captaré su imagen completa, solo necesito sus manos sobre el libro.  Es para algo que quisiera escribir.


Sí señora, con mucho gusto -responde amablemente- y posa para mí.  Le muestro la imagen, le hago otra toma (por si acaso) y seguimos charlando.  Es increíble -me dice- la buena definición que tienen estos aparatos.  Mientras hablamos, me mira directamente a los ojos y eso me gusta.  Es curioso, los dos somos sevillanos y cada uno piensa que el otro no lo es, por el acento.

El gusto por la lectura y las nuevas tecnologías, mantiene nuestra conversación durante un buen rato.  Se ha puesto de pie.  Es muy alto.  Sonriendo, me tiende su mano dándome las gracias por la compañía.

Se baja dos paradas antes que yo, y me deja pensando, que aún hay gente que ama el papel, a pesar de llevar en el portafolios uno de esos dispositivos de última generación.

Al llegar a mi destino, me doy cuenta de que ocupando uno de los últimos asientos y, quizás "en otro mundo", una chica joven va leyendo Cincuenta sombras de Grey.

Creo que él llevaba entre sus manos, el libro más vendido del mundo.


#PeBoRe/13.03.2015



miércoles, 14 de agosto de 2019

La fotógrafa

     Me levanté temprano.  El día amaneció gris y hacía frío.  Esperé hasta última hora para dar un paseo.  Me abrigué bien, ajustándome un gorro de lana y unos guantes del mismo color y me decidí a salir.  Por supuesto acompañada de mi nueva cámara de fotos.

     Eran las nueve de la mañana de un domingo cualquiera.  Un día como todos; solo una diferencia.  En vez de mirar cómo pasaba la gente, era a mí a quien miraban.  Bueno, eso creía yo.  En realidad, nadie se fijaba en nadie, pero aun así, yo me sentía el centro de algo.  El aire fresco en la cara me hizo despertar y pensar que debía cambiar, mi rumbo tenía que ser diferente.

     Comencé a caminar sin percatarme en realidad de adónde me dirigía.  El centro de la ciudad estaba casi desierto.  Me apetecía tomar algo y entré en un pequeño bar cercano a Sierpes y pedí un café.  Estaba muy caliente, como a mí me gusta.  Me lo tomé en pequeños sorbos, saboreándolo, y volví a salir.  Esta vez sí sabía hacia donde quería ir.

     Tranquilamente caminé hasta el paseo del río por el oeste.  Era una delicia oír ese silencioso ruido del agua.  Ver los tímidos reflejos del sol, que poco a poco comenzaba a asomar entre las nubes.  Desde la otra orilla, la ciudad parecía tener una perspectiva diferente, una visión muy distinta.  Mi nueva compañera comenzó a pedirme que la dejara trabajar.  No pude resistirme, la dejé a su aire, mientras mis ojos quedaban secuestrados y mis manos libres.

     Una hermosa vista en blanco y negro ocupa la pared frontal de mi estudio.  Es la ciudad vista desde el otro lado.  Al fondo, una estantería de cristal donde reposan algunos recuerdos, todos muy queridos.  Una libreta negra con una goma elástica ya raída por el tiempo; un retrato de mis padres -de cuando se casaron- donde más que verse, se adivina su imagen.  Mis hermanos y yo estrenando ropa el Domingo de Ramos.  En otra fotografía de más allá, mi preciosa sobrina Lola -con su pelo azabache- riendo feliz, vestida de rojo. Y, cómo no, mis tesoros:  la vieja cámara de fotos sobre unos guantes de lana y un gorro negro.

     Es casi la hora, pronto vendrán a por mí.  He apagado la luz, todo está en silencio.  Me gusta, me sigue gustando ese sonido.


#Sigrid/Marzo/2015