No se apaga el cansancio con un sueño de siete horas. Tampoco tiene efecto un buen desayuno de pan tostado y café caliente, la cerveza a media mañana o el filete vuelta y vuelta. Esto va más allá de una conversación con amigos o una obra de teatro. Es el fuego que te quema desde lejos y no puedes evitar; el ruido constante de un marcapasos a media libra; la luna rota de un ropero en el que ya no sabes qué guardar. Es el cansancio del ¿por qué? La incertidumbre, la ignorancia, la sonrisa bufa. La camisa rota, el gripo que gotea, la leche que se derrama...