Hay un pozo donde habitan desechos que la vida ha ido hibernando para cuando estemos solos y acuchillados por el dolor, pensemos en todo cuanto verdaderamente importó y no quisimos dar crédito.
Después de tanto, mis manos siguen vacías, mas no reclamo posesiones ni aplausos; quizás, un fuerte viento que siegue, como afilada hoz, el cuello cavernoso de este ángel de la guarda que simula protegerme de las mordeduras del tiempo.
Ignora mi fiel custodio, que desaprendí tan pronto como me abrí al mundo, aquellas lecciones pegajosas de falsos credos, garantes de envenenada sumisión y desamor.
Valedora y trascendente, siempre habrá una razón que allane cualquier camino.
Me acerco, a pasos agigantados, a los setenta, y no dejo de desmenuzar el tiempo. Me dan miedo las sombras de lo humano y llegar a meta con los brazos caídos. Por eso, ahora modelo barro, para crecer desde la punta de mis dedos hasta allá, donde mis ojos, petrificados y absolutos, puedan decir algo.