miércoles, 14 de agosto de 2019

La fotógrafa

     Me levanté temprano.  El día amaneció gris y hacía frío.  Esperé hasta última hora para dar un paseo.  Me abrigué bien, ajustándome un gorro de lana y unos guantes del mismo color y me decidí a salir.  Por supuesto acompañada de mi nueva cámara de fotos.

     Eran las nueve de la mañana de un domingo cualquiera.  Un día como todos; solo una diferencia.  En vez de mirar cómo pasaba la gente, era a mí a quien miraban.  Bueno, eso creía yo.  En realidad, nadie se fijaba en nadie, pero aun así, yo me sentía el centro de algo.  El aire fresco en la cara me hizo despertar y pensar que debía cambiar, mi rumbo tenía que ser diferente.

     Comencé a caminar sin percatarme en realidad de adónde me dirigía.  El centro de la ciudad estaba casi desierto.  Me apetecía tomar algo y entré en un pequeño bar cercano a Sierpes y pedí un café.  Estaba muy caliente, como a mí me gusta.  Me lo tomé en pequeños sorbos, saboreándolo, y volví a salir.  Esta vez sí sabía hacia donde quería ir.

     Tranquilamente caminé hasta el paseo del río por el oeste.  Era una delicia oír ese silencioso ruido del agua.  Ver los tímidos reflejos del sol, que poco a poco comenzaba a asomar entre las nubes.  Desde la otra orilla, la ciudad parecía tener una perspectiva diferente, una visión muy distinta.  Mi nueva compañera comenzó a pedirme que la dejara trabajar.  No pude resistirme, la dejé a su aire, mientras mis ojos quedaban secuestrados y mis manos libres.

     Una hermosa vista en blanco y negro ocupa la pared frontal de mi estudio.  Es la ciudad vista desde el otro lado.  Al fondo, una estantería de cristal donde reposan algunos recuerdos, todos muy queridos.  Una libreta negra con una goma elástica ya raída por el tiempo; un retrato de mis padres -de cuando se casaron- donde más que verse, se adivina su imagen.  Mis hermanos y yo estrenando ropa el Domingo de Ramos.  En otra fotografía de más allá, mi preciosa sobrina Lola -con su pelo azabache- riendo feliz, vestida de rojo. Y, cómo no, mis tesoros:  la vieja cámara de fotos sobre unos guantes de lana y un gorro negro.

     Es casi la hora, pronto vendrán a por mí.  He apagado la luz, todo está en silencio.  Me gusta, me sigue gustando ese sonido.


#Sigrid/Marzo/2015

     

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