deberíamos abrir las ventanas
dejar que el sol
brillara después del ocaso
cantar y contar
cuantas veces diez
nuestros dedos fueran capaces
sin perder la razón
por la que hoy oramos
en este huerto de olivos
Sigrid I
deberíamos abrir las ventanas
dejar que el sol
brillara después del ocaso
cantar y contar
cuantas veces diez
nuestros dedos fueran capaces
sin perder la razón
por la que hoy oramos
en este huerto de olivos
Sigrid I
Encontré un castillo habitado por duendes y todos los niños que fui. Jugaban a ser altos, muy altos; con paraguas, corbatas de colores y una cordada de siluetas danzando por la calle.
No se apaga el cansancio con un sueño de siete horas. Tampoco tiene efecto un buen desayuno de pan tostado y café caliente, la cerveza a media mañana o el filete vuelta y vuelta. Esto va más allá de una conversación con amigos o una obra de teatro. Es el fuego que te quema desde lejos y no puedes evitar; el ruido constante de un marcapasos a media libra; la luna rota de un ropero en el que ya no sabes qué guardar. Es el cansancio del ¿por qué? La incertidumbre, la ignorancia, la sonrisa bufa. La camisa rota, el gripo que gotea, la leche que se derrama...
Esta antagónica claridad. Este vestigio desmemoriado que descansa y a veces se esconde en cada escalón que lleva a la cripta. Esta muerte paso a paso. Este abrazo desesperado mientras tiemblan los recuerdos. Este pan desmigajado por pájaros de luto. Este roer las encías de otro tiempo putrefacto y desmembrado. Este baúl de huesos viejos donde guardar la cuenta de resultados por si alguna vez vuelven los difuntos.
Hay días en que los sentidos no albergan la armadura necesaria para expresar el acomodo del tiempo, la inercia del amor y los subtítulos que ponemos a lo extraordinario. Hay días en que los juegos se guardan en una caja de cartón y escribimos un nombre sabiendo que irán al olvido.
A
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